IGLESIA NEGRA...Un templo de Arte Textil


Tiene montañas, ríos, mares y valles. tiene castillos,
leyendas, un pueblo acostumbrado al trabajo duro
y una cultura amasada con sabrosos ingredientes.



Rumania representa la frontera entre Oeste y Este, y
por lo tanto su fisonomía muestra dos caras: la europea
es afrancesada, parisina; la otra abreva en tradiciones
orientales, que explican la jerarquía que este país le
otorga al arte de los tapices y alfombras.



En la provincia de Transilvania, escoltada por los
Cárpatos, hay una ciudad medieval cuya población está
compuesta básicamente por alemanes que 300 años
atrás emigraron a ese lugar: Brasov. Allí se encuentra la
Iglesia Negra, un ejemplo de arquitectura gótica, con
los característicos arcos de medio punto y esos techos
que de tan altos parecen alcanzar el cielo.


La llaman “Negra” porque esta iglesia evangélica, que en
un principio era ortodoxa, cierta vez se incendió… Pero
fue restaurada con criterio, convicción y disciplina (tan
alemana), y de aquella catástrofe no quedaron huellas.
Los cierto es que desde hace 200 años recibe una avalancha
de turistas que día a día ingresan para observar la más
importante colección de alfombras turcas del planeta.
¿Cómo llegaron hasta aquí? 






Ohan Kalpakian, quien hace apenas unos meses visitó Brasov, devela el enigma.

“En esa región vivían alemanes, húngaros y armenios”,
cuenta. “Durante el dominio otomano, los armenios
viajaban a Asia menor para traer sedas, especias,
frutas y alfombras de oración de una calidad extrema,
que se obsequiaban a la familia. Con el tiempo, los
regalos se transformaron en colección. Muchas quedaron
en Transilvania, pero unas pocas siguen dando la
vuelta al mundo. 

Cada tanto, en Sotheby's y Christie's
se remata alguna de estas alfombras que datan del
siglo XVII, cuyo tamaño es chico y su valor, enorme.Yo
tuve la fortuna de verlas en la Iglesia Negra (donde está
la mayoría de ellas) colgadas en las paredes. Es un
museo atípico, extraordinario”. El justo espacio para
estos objetos de arte de los que los rumanos-alemanes
hacen culto. No se venden ni se restauran; se miran…
y no se tocan.



“Cuando entré me llamaron la atención los colores tan
vivos. Los tonos beige, amarillos cálidos, con el famoso
dibujo de la flor de loto y el mirhab, esa suerte de
nicho que según los preceptos del Islam, mira a la
Meca”, relata Ohan.
“Quise tocar las más valiosas, que estaban resguardadas
detrás del púlpito... y me interceptaron enseguida.
Para atravesar la valla que me separaba de esas reliquias,
tuve que explicarle al pastor quién era yo y a
qué me dedicaba. Se tranquilizó cuando me escuchó
hablar en alemán, pero me hizo firmar una autorización
para dejarme pasar y prometerle que no pondría
un dedo en esas piezas únicas. ¿Por qué?, le pregunté…
Es que sonarían las alarmas, respondió el hombre.
Imagínense, ciento cincuenta, una por cada alfombra.

Un verdadero caos…”

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